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Niños y casitas

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Niños y casitas

El otro día nevó; yo iba por la calle. ¡Qué hermoso, qué tranquilo estaba todo! Muchos de los recuerdos que guardaba en la memoria se me hacían presentes como copos que se iban posando sin tregua sobre el suelo, que, como es natural, estaba blando. Fue un paseo realmente agradable, a lo largo de jardines y casas, en el que me llamó la atención un par de chozas, una de las cuales tenía el techado medio derruido. La fachada no era, pero sí tenía un pase. De una casita llamaba la atención un letrero:

“Si tu corazón late despacio, tu choza se convierte en un palacio”.

Un gatito tomaba el sol, en la cornisa. ¿Sol? Pero si acabo de decir que nevaba, y ahora voy y hablo de buen tiempo. Vaya, la cosa fue como sigue: mientras yo caminaba, el cielo se fue aclarando y sobre la nieve caída se extendió un cielo azul espléndido. Un niño me saludó y me preguntó con aire serio por qué no llevaba yo paraguas. Y es que había empezado a nevar otra vez. ¿Que es inverosímil? Oh, no, en absoluto. Yo le respondí: “Tampoco tú llevas”. Él dijo: “Pero sí llevo un abrigo”. “Bien, también yo llevo uno”, le respondí.

El camino volvía a estar flanqueado por casas pequeñas y viejas. Al parecer, todavía aptas para vivir y ser feliz o infeliz en ellas, según como fueran las cosas y en qué tipo de relaciones respiraban y vivieran las personas. Luego apareció otro niño y le di una moneda; contento, entró en una tienda y se compró chocolatinas.

Qué simpáticas -por poco no digo “dulces”- son las manos de los humanos. Hace algunos años una mujer me preguntó: “Dígame, ¿a usted qué le hace feliz? ¡Hay algo que pueda sacarlo del frío sosiego y de la costumbre de pensar?”. ¡Vaya una pregunta! Me sorprendió la manera de entrometerse en la vida sentimental de un hombre y me limité a dar como única respuesta una sonrisa. ¿Acaso no amo muchas cosas? ¡O debo estar siempre de humor para amar constantemente? Creo tener tanto derecho como cualquier otro a gruñir de vez en cuando. Le ocurre a todo el mundo. De no haber odiado nunca nada, ¿habría podido jamás amar alguna cosa? La alegría no se acaba, pero tampoco el sufrimiento; podría decir mucho más al respecto, pero no quisiera sobrepasar los límites de mi modesta tarea, que trata de niños y casitas y de una pregunta formulada a bocajarro, del azul del cielo y de la nieve. ¿Alguna vez has causado alguna desilusión a alguien y te has alegrado? ¿Puede hacerse semejante cosa? Oh, se pueden hacer muchas cosas. Sí, muchas cosas raras son posibles. Qué diferencia a estas últimas de las cosas sencillas es algo que me guardo para más adelante. Aquí se dicen tan sólo cosas sin importancia. Que te vaya bien. La bondad es una estupidez, aunque es probable que tú tengas todavía cierta propensión.

[Robert Walser]

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