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Por una infancia mejor

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POR UNA INFANCIA MEJOR

No hay nada que distinga un colador de una linterna.

Apenas el ruido que desde hace siglos realza este vestido de mujer de luto. Un ruido de zócalos lagrimeantes. Un ruido de cisterna y de ciudadela, un ruido de vivero ubicado a profundidad deseada, profundo como una sonda.

Que un viento rencoroso, hábil, implacable destruya los escaparates: los juguetes quedarán reservados a los adultos capaces de ignorar su patria, su sombra, su idioma, que tendió desde tiempos inmemoriales tantas trampas al nacimiento de la violenta lentitud de la temible pereza.

Se depositará en las manos de la infancia, todos los símbolos de los órganos genitales masculinos y femeninos; primero en materias blandas que irán endureciéndose progresivamente y crecerán proporcionalmente a la edad del niño: sombreros, bastones blandos, objetos magullados y rosados, árboles de caucho, vidrios opacos que se convertirán durante la adolescencia en vidrios de obsidiana y espejos de amor. Símbolos coprofágicos, piedras, encajes de lodo petrificado y algunas golondrinas que dan el tiempo; sólo el crepúsculo marcará la frente de los despertadores-golondrinas.

Muertas para siempre las muñecas. los niños amarán cada vez más violentamente a las mujeres maduras que serán, más tarde, sus amantes; los hombres escogerán entre las niñas a sus amantes que deberán lucir peinados de trencitas muy finas y ropa interior excesivamente perversa: calzones de tela burda con huecos de velo, de encaje, de celofán, de carne trabajada, de espesor imperceptible hasta volverse transparente.

Las niñitas aprenderán desde la más tierna edad, a dibujar con las más ricas, barrocas y delirantes formas, los números 6 y 9. En cambio, los niñitos no conocerán más que el 7, el 3 y el 2, hasta los 12 años, edad en la que efectuarán las diferentes operaciones aritméticas que permiten formar los clamorosos números 6 y 9. La recompensa será un 8 vegetal que deberán cultivar para que tome la apariencia exacta de una hidra o de un pulpo que colgarán al pie de la cama, acompañado por un instrumento musical: piano, violín u oboe.

Por una infancia mejor, agoten la fuente de la represión, haciendo circular todos los complejos y creando otros relacionados con la multiplicación de los órganos sexuales.

 [César Moro, La sombra del ave del paraíso y otros textos]

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